jueves, 27 de mayo de 2010

Mi niñez







Madrid, años 70. Aun era un chaval que se reunía con sus amigos del barrio para jugar unos partidillos en la plazoleta. Detrás de nuestro bloque estaba ubicada la U.V.A. la cual fue desmantelada por el Ayuntamiento para recolocarla en otra parte. La U.V.A. era una "urbanización" de chabolas donde residían en su mayoría personas de raza gitana. Al desaparecer quedó un solar reservado para zona verde e instalaciones deportivas. Pero éstas no llegaban y nos dispusimos a crear nuestro propio campo de fútbol. Limpiamos el terreno, pintamos las lineas y compramos unas porterías de madera. Éramos la envidia del barrio. Otros grupos de chavales querían jugar con nosotros e incluso hicimos un torneo, hasta que una mañana, al despertarnos, vimos como unos gamberros habían quemado las porterías.



Años más tarde fiché, siendo aún infantil, por el equipo de mi barrio, el Santana. Jugábamos en un campo alquilado, llamado Fundación. Muchos partidos los jugábamos a las 9 de la mañana, así que teníamos que levantarnos a las 7 para ir a jugar. En el año 82, siendo jugador del equipo senior que militaba en la primera regional, me fui por cuestiones de trabajo a Ribadavia.



El otro día pasé por el barrio de mi niñez y no me podía creer lo que estaba viendo, aquel terreno que limpiamos y cuidamos para preparar nuestro primer campo de fútbol se había convertido en un campo de hierba artificial. Es ahí donde ahora juegan las categorías inferiores del Santana porque el equipo senior que ahora milita en la tercera división madrileña juega en un campo situado a 200 metros escasos del de hierba artificial cuya superficie es césped natural. Curiosamente no muy lejos de ese hay otro (300 metros escasos), más antiguo, que pertenece al Fuencarral también de hierba natural.
La ilusión con la que jugábamos en aquellos tiempos es, quizás, la misma
con la que juegan todos los chavales del Ribeiro. Es posible que no les importe mucho si juegan en uno de tierra o en uno de hierba porque lo que les gusta es jugar al fútbol con sus amigos. La diferencia es que antes no había otra cosa, todos jugábamos en campos de tierra. Ahora nuestros chavales cuando van a jugar a otro campo de la provincia juegan en un campo de hierba artificial y se preguntan por qué ellos no pueden disfrutar de unas instalaciones como los demás niños. No lo entienden. Pero lo peor es que nosotros no tenemos respuesta a su pregunta.
Antes de 2006, sólo existían en Madrid 6 campos de fútbol con césped artificial. Tras las diferentes actuaciones del Ayuntamiento de Madrid cometidos en estos últimos años, los madrileños disponen actualmente de un centenar de campos de fútbol con esta superficie.
En Ribadavia seguimos esperando

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